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1 **Memoria de elaboración del trabajo.

       En mis tiempos de estudiante nunca coincidí en el aula con algún compañero que llevase mi segundo apellido. Ni de segundo, ni de primero. Con López de Gamarra no había ningún compañero de curso y tampoco ningún otro alumno en todo el Instituto, salvo que se tratase de un hermano mío. Y me molestaba mucho que cuando los profesores pasaban lista en clase, al nombrarme, lo hiciesen abreviándolo, silenciando su segunda mitad. Entonces, si la situación lo permitía, la habitual contestación de o de presente yo la cambiaba por la parte censurada, de Gamarra. Desde siempre tuve gran curiosidad por ese apellido que mis hermanos y yo recibimos de nuestra madre; quizá porque en Ferrol, con ese apellido no había más presencia que la nuestra y la más próxima era la de nuestra tía y la de sus hijos, que vivían en la ciudad de Vigo,  o quizá por lo que mi madre nos contaba de que en su tierra, en uno de los otros extremos de España, y en algún país de América del Sur había más López de Gamarra , muchos de los cuales eran familiares suyos, con los que ella había perdido todo contacto al desplazarse a Ferrol, al finalizar la Guerra Civil.

       En torno al año 1974, de vuelta yo en casa durante unas vacaciones en mi época de estudiante, mi madre me contó de la existencia de otro LdG en el mismo Ferrol. Por aquel entonces, era costumbre publicar en la prensa local la relación de los que accedían o renovaban el carnet de familia numerosa, y uno de los cabeza de familia, de entre las merecedoras de tal distinción, resultó llamarse Salvador Guerrero López de Gamarra. Mi madre, informada por mi padre de tal referencia en prensa, averiguó la dirección y se presentó en la casa de Salvador. Éste, casado y destinado en Ferrol, descendía de familias antequeranas y la de su madre parecía estar relacionada directamente con la de la mía,  aunque ellas en persona nunca se conocieron. Salvador había llegado destinado a Ferrol el 1 de septiembre de 1960, su intención era la de marcharse a los tres meses,  cosa que nunca hizo, pues alguien que él aún no conocía le provocó el pequeño error de cálculo, su actual y única  esposa.

       Más o menos por aquel mismo tiempo se publica, seguramente en la revista ¡Hola!, una nota de sociedad, con fotografía incluida, en la que se hacían eco del matrimonio celebrado en Madrid, en la Iglesia de la Paz, entre Dª. Isabel Núñez García y D. Antonio López López de Gamarra. Mi madre recortó la noticia porque decía que el novio debía de ser hijo de una prima suya.

       En abril de 1978, casi 39 años después de despedirse de su familia en Málaga, logró Carmela, mi madre, regresar a su tierra y a su ciudad natal. Lo hizo acompañada de Julio, el mayor de mis hermanos, ya que nuestro padre se negaba a viajar; yo me uní con ellos y juntos pasamos uno de los fines de semana de su estancia allí. Visitar su Andalucía natal era algo que ella anhelaba; así como volver ante la tumba de su padre, después de cerca de cuarenta años transcurridos. En  septiembre del 82 visitó nuevamente Málaga para asistir a la boda del único primo con el que mantenía contacto, Manuel Rueda Reina. Fue durante esta segunda y última visita a Málaga cuando contactó con una de sus primas paternas; o Antonia López de Gamarra Narváez o Victoria López de Gamarra Sánchez, la que fuese lo puso en conocimiento de la otra,  iniciando con ambas una relación epistolar. Se contaban los achaques, se felicitaban las Pascuas y se intercambiaban pequeñas participaciones de lotería; hasta diciembre del 91 hay constancia de esa correspondencia, duró hasta que la enfermedad de Alzheimer venció a mi madre. Entonces, la corta relación con su familia paterna cesó; y hasta algo que puntualmente mis padres habían realizado durante cincuenta años, abonar la cuota de permanencia en el cementerio de Málaga por la tumba del abuelo, dejó de hacerse. De esto me enteré tiempo después de fallecida mi madre, informado por mi hermano José. Él se había interesado por el tema, y mi padre le contó que hacía años había dejado de pagarla porque, según un escrito recibido del ayuntamiento, algún familiar debería desplazarse a Málaga para cambiar de lugar los restos. Abandonó el pago sin consultar con nadie, la situación de su casa ya le desbordaba; el olvido había invadido rápidamente la memoria de mi madre, de lo contrario jamás ella lo hubiese autorizado; y, sin duda, de haber estado informados los hijos,  más de uno  habríamos subsanado los nuevos requisitos y evitado la pérdida. Para mí la contrariedad fue enorme.

       Desde el fallecimiento de mi madre, en abril del 94,  lamentaba cada vez más no haber hablado con ella   sobre temas que desde siempre me venían a la mente. Debería haberlo hecho diez o doce años atrás, cuando ella aún se encontraba bien. Pero entonces yo ya me había independizado, trabajaba en otra ciudad y pensaba que siempre, más adelante, tendría tiempo para hacerlo. Por desgracia no fue así y ni mi padre, ni mi tía Pilar, la única materna, y ni mi hermano Julio, satisfacían por completo mi curiosidad. El primo de mi madre, Manuel Rueda, también había fallecido. Nuestras conexiones con Málaga quedaron reducidas meramente al recuerdo.

       ¿Y, en Ferrol, Salvador?. En la guía telefónica aparecía, por lo que era de suponer que continuara residiendo en la ciudad. Tenía que llamarle, pero se me hacía cuesta arriba. Yo había estado con Salvador en dos o tres ocasiones, todas ellas consistentes en cordiales saludos,  que juntas no superaban media hora de duración, y de ello hacía quince o más años. Porque ya en el 78, por razones de trabajo, me había desplazado a Lugo; y  doce años más tarde, en el 90, me trasladé a La Coruña. Desde hacía mucho tiempo, a Ferrol iba sólo de visita.

       A finales de marzo del año 98, un golpe de suerte hace coincidir por la calle a mi hermano Julio y a Salvador, y además que éste le reconociera y se presentara. Salvador mostró interés por volver a verse con él para facilitarle algo que había prometido a mi madre y que nunca le pudo dar en vida de ella; se trataba de una copia sobre la historia del apellido López de Gamarra que guardaba desde hacía muchos años, y que por fin encontró en su casa entre otros  papeles personales. A él se la había enviado su madre, y a ésta un tío de Salvador, llamado Pedro Carrasco y funcionario del ayuntamiento de Antequera. Mi hermano me la facilitó a los pocos días, concretamente el cinco de abril. La referencia había sido tomada del libro Nobiliario de los Reinos y Señoríos de España , publicado a mediados del siglo XIX y escrito por D. Francisco Piferrer . Conocidos el autor y el título del libro, no podía resultar difícil localizar una biblioteca que dispusiese de algún ejemplar para consulta. Aunque no lo encontré en ninguna de las de La Coruña, ni en la de la Universidad de Santiago, con la ayuda de Internet rápidamente localicé el ejemplar más próximo en la ciudad de Gijón, en la biblioteca pública Jovellanos. Primero mi amigo asturiano Antonio Hernández Rubiera y  más tarde yo mismo, durante mi visita acostumbrada de agosto a su casa, consultamos y fotocopiamos todas las referencias que sobre el apellido había en el libro. Lo facilitado por Salvador, de esta manera, se completó con las anotaciones a pie de página y con la lámina a color, del escudo de armas correspondiente, que aparecían en aquella ya centenaria publicación.

       Una primera etapa se había cubierto, la de disponer de una sucinta historia del apellido López de Gamarra , desde su aparición en Sevilla con la llegada de D. Ximón LdG a mediados del siglo XIII,  hasta la presencia en Antequera, a mediados del siglo XVIII, de D. Miguel LdG, descendiente de aquél. Faltaba lo que parecía más laborioso, conectar esa historia con Antonio LdG Ruiz, abuelo de mi madre, natural de Antequera y nacido a mediados del siglo XIX.

       El  paso siguiente consistió en informar a Salvador de las novedades y  pedirle el visto bueno  para indagar sobre la relación existente entre nuestras familias. Salvador me indicó que mi madre le había manifestado ser prima segunda de la suya y que él no lo dudó porque recordaba que, cuando se presentó Carmela por primera vez en su casa, alguien la confundió en un principio con la suya, que entonces residía en Málaga; tal era el parecido entre ellas, parecido que el propio Salvador me confirmó. A finales del año 98, con la información recibida del Registro Civil, quedó comprobado que la madre de Salvador, Rosario LdG Rodríguez, era nieta de José LdG Ruiz, un hermano del abuelo de mi madre, por lo que resultó correcta la relación anteriormente establecida.

       A principios  del mes de  junio del año 99, viajé a Málaga acompañado de mi tía Pilar. Visitamos Antequera, ciudad de sus abuelos, lugar que ella había abandonado hacía exactamente 63 años, a los pocos días de iniciada la Guerra Civil; estuvimos también en Ronda y Nerja. Además, recorrimos la ciudad de Málaga, su lugar de nacimiento, paseamos por las calles en que vivió con su familia, visitamos las iglesias en que fueron bautizadas ella y su hermana,  y el antiguo Hospital Miramar, actual edificio de Juzgados, que durante la Guerra funcionó como hospital de sangre, hospital en el que trabajaron y residieron sus padres y su hermana hasta la caída de Málaga. Estuvimos con Marilud (Mª. de la Salud), viuda del primo Manuel Rueda Reina, y también con dos de las amigas más antiguas de Pilar, las hermanas Pepa y Carmen Carreño Merelo, a las que había conocido en la Colonia infantil en la que estuvieron acogidas durante la contienda civil. Con las tres me acerqué  hasta el lugar en que se instaló aquella Colonia nada más iniciada la Guerra, en la calle Juan Valera, exactamente en el Edificio Valdecilla, lugar en el que permanecieron hasta que fueron evacuadas de la ciudad, en la tarde del domingo 7 de febrero de 1937, camino de Valencia.

       La víspera del regreso a Galicia, quise confirmar las sospechas que yo tenía a cerca de lo sucedido con la tumba de mi abuelo. Hablé telefónicamente con las oficinas de gestión del cementerio de Málaga, y les conté la  historia del impago de la cuota de permanencia desde el año 1988. La información que me dieron me impresionó mucho. El cementerio de San Rafael se encontraba desde hacía años clausurado, no se hacían en él nuevos enterramientos y, por lo tanto, desde ese mismo momento, el impago de las cuotas de permanencia no suponía el levantamiento automático de los antiguos; eso sucedería únicamente al final, con el cierre definitivo y la desaparición física del recinto. La tumba seguía en su lugar, me dijeron, y si lo deseábamos podíamos trasladar los restos al nuevo cementerio de San Gabriel. Sentí una satisfacción enorme, salí de mi habitación y recogí en la suya a mi tía, se lo conté y desayunamos fuera del hotel, como todos los días. Después nos desplazamos en taxi al cementerio de San Rafael. Allí preguntamos al conserje por la situación de la tumba 141 San Eduardo F y nos dirigimos al lugar indicado. Teníamos que encontrar una lápida con el nombre de mi abuelo, sin fecha, y con una dedicatoria de su mujer e hijas, tal como me había contado mi hermano Julio, quien la había visitado junto a mi madre hacía veintiún años, pero no logramos dar con ella. Informado el conserje, amablemente nos acompañó al lugar y dijo: aquí mismo está. ¿Y la lápida?, le preguntamos; habrá roto o la habrán robado, nos contestó. Yo busqué por si encontraba algún rastro de ella, pero el intento resultó infructuoso, era el pequeño chasco que seguía a la gran alegría de la mañana. El conserje nos aseguró que el enterramiento seguía allí, de lo contrario tendrían que tener constancia. Si se me hubiese ocurrido hacer la llamada telefónica días antes de comenzar el viaje, podríamos haber aprovechado el mismo para realizar el traslado; pero teníamos que dejarlo para otra ocasión, porque nos era preciso regresar a Galicia. Previamente, antes de iniciar la partida, tomé nota de los López de Gamarra que aparecían en la guía telefónica del municipio de Málaga; en la de Antequera, no figuraba ninguno.  Alguno de los nombres encontrados me resultó familiar.

       Ya en casa, comprobé que de los LdG localizados, dos coincidían con los remites que figuraban en la correspondencia de mi madre, eran los nombres y domicilios de sus primas Victoria y Antonia. Esto supuso para mí otra pequeña satisfacción, ya que me abría un nuevo camino de investigación familiar. A finales de julio, le escribí a Victoria, pues me pareció que ella había mantenido una relación más fluida con mi madre. Como respuesta  encontré, a principios de septiembre, un mensaje en el contestador de mi teléfono dejado por una mujer mayor que se identificaba como Victoria López de Gamarra Sánchez y me facilitaba su número de teléfono, el 62 4- --, de seis cifras, sin mencionar prefijo provincial alguno. El número era distinto al que figuraba como suyo en la guía; lo anoté previamente en un papel para evitar errores y, dando por supuesto que correspondería a la provincia de Málaga, lo marqué en cuanto pude, el 952 62 4- --, y tras la espera normal escuché: “Telefónica le informa que el número marcado no está actualmente en servicio” . Comprobé si el número grabado en mi contestador coincidía con el que había anotado; repetí la llamada y escuché la misma frustrante información. Me pregunté si lo de “…no está actualmente en servicio” sería pasajero, motivado por alguna avería o cualquier otra pequeña causa. La explicación me la dieron llamando al 1004: “… ese número no existe” . Estaba claro que lo que no existía  era abonado alguno con aquel número. Al día siguiente entregué al correo una nueva carta dirigida a Victoria, explicándole lo ocurrido.

       Para después de la festividad de Todos los Santos de ese mismo año 99, acuerdo realizar el traslado de los restos del abuelo al nuevo cementerio de Málaga. La operación, que según me informaron duraría del orden de una hora y media, se prolongó durante más de seis. El terreno, transcurridos ya 62 años, estaba muy compactado y por falta de referencias exactas en la superficie del mismo los operarios se vieron obligados a desplazar la excavación cuando ésta  iba ya  muy avanzada. Luego, ya pronto, aparecieron algunos fragmentos de una lápida de mármol, ¿corresponderían a la del abuelo?. Sobre el suelo, a la manera de un puzzle, fui ordenándolos, y al poco tiempo no había la más mínima  duda, se podía leer:   “D. O. M.  -  Juan López de Gamarra Orozco - R. I. P. - Recuerdo de su esposa e hijas - 141”. El lugar indicado por el conserje, durante la visita realizada con mi tía Pilar, resultó del todo correcto; y la inscripción carecía de fecha alguna, tal como mi hermano Julio había comentado. Desde las cinco de la tarde de ese mismo día, 10 de noviembre de 1999, los restos de nuestro abuelo se encuentran en el nuevo cementerio de San Gabriel; y en la pequeña lápida figura junto a  su nombre  el de la ciudad que le vio nacer y morir, además de las fechas en que aquello tuvo lugar, “…Málaga, 9/12/1886 – 13/3/1937”.

      Los dos o tres días restantes de mi estancia en Málaga los aproveché para consultar en el Archivo Municipal padrones de población, con el fin de localizar alguna referencia sobre mis abuelos. Aunque del abuelo no localicé nada, tuve la suerte de dar con un asentamiento de sus padres en donde él todavía no figuraba, porque se trataba del censo del año 1887, elaborado durante 1886 antes de su nacimiento, que tuvo lugar en el mes de diciembre de dicho año. Sí aparecían, además de sus padres, todos sus hermanos, que eran  siete, con indicación del lugar de nacimiento, edad y parroquia de bautismo de todos ellos. Según consta, el padre tenía en esas fechas 37 años de edad, era natural de Antequera como ya sabíamos, y había sido bautizado en la parroquia de San Sebastián; por lo tanto, salvo error en los datos, había nacido en el año 1849. Quedaba así abierto el camino de investigación familiar para poder llegar hasta el  siglo XVIII.

       Ya de nuevo en casa, entre la correspondencia, me encuentro devuelta la última carta que yo le había escrito a Victoria. En el reverso del sobre, avalado por el sello correspondiente a la unidad de reparto número 29 de Málaga, de fecha 8/11/99, una anotación manuscrita decía: “Se ausentó”. Luego, el número de teléfono que me había facilitado Victoria, podía estar equivocado o podía corresponder al de un abonado de otra provincia distinta. Victoria, dado su avanzada edad, seguramente se había trasladado a casa de algún familiar. El camino tan deseado se volvía a torcer; y, en estas circunstancias, los datos familiares localizados en el padrón, hacía tan sólo unos días, cobraban aún mayor importancia. Me daba la impresión de que el trabajo sólo avanzaría mediante la consulta de archivos, labor siempre lenta, toda vez que me veía privado de las valiosas informaciones que habrían podido aportar las ya ancianas primas de mi madre.

       A comienzos del año 2000, exactamente con fecha 15 de febrero, recibo entre mi correo electrónico un mensaje compartido  “Gustavo: Hay otro López de Gamarra más”. Estaba firmado por Hernán Ebekian y se lo dirigía a su compañero de trabajo Gustavo Fabián López de Gamarra, ambos en la Argentina. Contesté inmediatamente y me presenté a los dos, mostrando mi interés por saber algo de Gustavo. Éste, a los diez días, me informa de que su abuelo, único varón entre muchas hermanas, fue el que propagó el apellido, allí en la Argentina, con sus tres hijos, Osvaldo, padre de Gustavo, Carlos y Marta. Gustavo me dice, además, que no conoce muy bien la historia de su abuelo, por lo que investigará acerca de ella, para poder contármela.

       Habiendo transcurrido algo más de un año sin tener nuevas noticias de Gustavo, me decidí a enviarle, a mediados del mes de mayo de 2001, otro correo recordándole mi interés por la información que él me había prometido; y aprovecho entonces para preguntarle si su abuelo sería alguno de los hermanos del mío, llamados Gaspar, Tomás, José y Antonio. Además le informo de que su abuelo no había sido el primero en llegar a América; pues a finales del siglo XVII, ya se encontraba en Veracruz el Capitán de Navío y explorador Francisco López de Gamarra, información que podía consultar con el buscador de Internet www.google.com. En esta ocasión, me contesta con rapidez casi electrónica, y me facilita el nombre de su abuelo, Antonio, y me dice que no puede tratarse de ningún hermano del mío, porque Antonio había nacido en la Argentina. El que sí podía serlo era su bisabuelo, me dice, que, si mal no recordaba, se llamaba José y era español. Extremos éstos que me confirmó unos días después.

       Aunque la comunicación no resultaba todo lo fluida que yo había deseado, gracias al intercambio de varios correos electrónicos con Gustavo, supe que su abuelo, ya fallecido, se llamaba Antonio, era el único varón de cuatro hermanos y había nacido en la Argentina; en cambio, su bisabuelo, que se llamaba José, era español de nacimiento. Seguramente, Gustavo era más joven que yo, por lo que era posible que su bisabuelo fuera hermano de mi abuelo; pero no me constaba que su hermano José hubiese emigrado; quizá lo hiciese alguno de los mayores, Gaspar o Tomás. Era pues necesario esperar a que el trabajo estuviese más adelantado  para saber si la familia de Gustavo se entroncaba con la mía ya a finales del s. XIX, durante la generación de mi abuelo o, por el contrario, el entronque entre ambas ramas era anterior.

       Conforme pasaba el tiempo, crecía en mí la necesidad de organizar algún desplazamiento a Málaga y Antequera, con el fin de ampliar la información familiar que tanto me interesaba. Porque, sin duda, en el Archivo Diocesano de la primera y en el municipal de la segunda,  debían encontrarse todos los datos que yo buscaba; sólo tenía que desplazarme hasta allí y ponerme a la tarea. Mientras tanto, a principios de junio, me sucedió algo que ya otras veces me había ocurrido: al dejarla olvidada dentro de uno de los bolsillos de la camisa, apliqué el programa de lavado, centrifugado y secado a una pequeña agenda en la que anotaba los teléfonos de uso más frecuente. Por tal motivo, hube de pedirle a mi amigo Gabriel Pita da Veiga los números de teléfono y de fax de su lugar de trabajo; me dio la respuesta por e.mail; en el que además de facilitarme los números que le pedí, me incluyó la dirección de paginasblancas.es; dirección en la que fácilmente se podía conseguir cualquier teléfono y dirección postal, aunque se  tuviesen muy pocos datos de su titular. Incrédulo lo comprobé y el resultado me pareció maravilloso; con ella podía hacer un barrido por provincias y buscar los López de Gamarra existentes; o por lo menos aquellos que fuesen titulares de un teléfono. Dicho y hecho, el 12 de junio de 2001 sabía ya de la existencia de cuarenta y cinco personas que llevan López de Gamarra como uno de sus dos apellidos. El hallazgo suponía para mí un pequeño tesoro. Ahora tenía que ponerme en contacto con ellos y no veía la manera hacerlo; pues llamarles directamente por teléfono, me resultaba muy difícil, se me hacía violento presentarme y explicarles uno por uno lo que deseaba, para conseguir su colaboración en mis pesquisas. Me pareció mejor hacerlo por escrito, y dejar a los destinatarios en libertad de responderme o no. Contrasté el parecer de mi hermano Julio, redacté el texto y lo supervisó. El 29 de septiembre de 2001 salieron veinticinco cartas a otras tantas personas que en su nombre figuraba el apellido López de Gamarra .

       A mí me parecía increíble, pero las cosas sucedieron así. A los cuatro días del envío recibí la primera respuesta; y, un día más tarde, la segunda. Antonio Álvarez López de Gamarra, desde Barcelona, dejó un mensaje en mi contestador;  y Carmen Aragonés López de Gamarra, muy sorprendida, me dejó el segundo desde Alicante. Antonio resultó ser uno de los muchos primos de Salvador; había abandonado Antequera en los años cincuenta y, desde entonces, residía en la ciudad Condal. Carmen, por su parte, era nieta de Antonio, uno de los hermanos de mi abuelo, e hija de Adela, hermana ésta de Antonia, una de las dos primas que habían mantenido correspondencia con mi madre. Carmen me habló de sus primos de Madrid, los hijos de su tía María, la menor de las hermanas; de estos primos que habían sido tres, vivían sólo dos, pues uno de ellos había muerto en accidente de tráfico. Se apellidaban López López de Gamarra, igual que el joven de la foto publicada en la revista y que mi madre había recortado y guardado. Aquel joven, Antonio se llamaba, hijo de una prima suya tal como mi madre había pensado, era precisamente el que había fallecido.

       A las pocas semanas, por correo postal, tuve contestación de Matilde LdG Jiménez, de Juan de Dios Herrero LdG, de Manuel LdG Ramos y de su hermano Julio. Matilde resultó ser biznieta de un primo de mi abuelo, y los hermanos Manuel y Julio eran nietos de José, uno de los hermanos de mi abuelo.

       Por correo electrónico me informó un hijo de Carmen Carrasco LdG, prima de Salvador; y se comunicó Mariví, nieta de Victoria, la otra prima que se escribía con mi madre, facilitándome los teléfonos de su casa y de su tía Nieves. Gracias a Mariví, recibí una de las mayores satisfacciones que me proporcionó la elaboración de este trabajo. Cuando hablé telefónicamente con ella, me dijo que era hija de Teresa Molina  y nieta de Victoria López de Gamarra  Sánchez; y que, en ese momento, su abuela se encontraba a su lado. La persona a la que tanto busqué, de la que conservo correspondencia dirigida a mi madre, estaba al otro lado del teléfono. Escucharla, supuso para mí una gran satisfacción, una alegría enorme. Victoria me habló de muchas cosas del pasado y de la estrecha relación que mantuvo con mi madre y mis abuelos durante su niñez. Ella también se mostraba muy contenta de poder hablar con un nieto de su tío Juan, y decidimos  mantener un contacto frecuente. Victoria era una de los muchos hijos de José, y por lo tanto tía de los hermanos Manuel y Julio LdG Ramos.

       Durante el mes de septiembre, mientras esperaba las respuestas, me dediqué a buscar el tomo VIII de la obra Historia de las Familias Cubanas, volumen publicado en Miami el  año 1986; en el que aparecía el apellido López de Gamarra. Utilizando de nuevo la ayuda de Internet, localicé un ejemplar en la Biblioteca Nacional de Madrid; y, sin la necesidad de desplazarme, me facilitaron, contra reembolso, copia de las páginas solicitadas. Los López de Gamarra cubanos resultaron ser los descendientes de aquel capitán de la Marina, llamado Francisco López de Gamarra, que, como yo le había indicado a Gustavo, llegara a América en la segunda mitad del siglo XVII, mucho antes que su bisabuelo. Además Francisco LdG era hermano del también sevillano Juan LdG, abuelo éste del Pedro López de Gamarra que se establece en la ciudad de Antequera y del que descendemos todos los que llevamos este apellido y traemos origen de esa ciudad.

        Con el fin de dar otro impulso al trabajo, me animé a escribir a aquellos LdG de los cuales no había recibido contestación alguna. A mediados de noviembre, les envié un borrador del trabajo a siete de estas personas, adjuntándoles una copia de una fotografía familiar de mis abuelos, en la que aparecían con sus dos hijas, Carmela y Pilín, muy niñas todavía. Al cabo de una semana me llamó Josefa Martínez López de Gamarra, para disculparse por no haberme contestado antes; me explicó que ella prefería hacerlo hablando directamente conmigo; y, al recibir mi segunda carta, decidió no retrasarlo ni un día más. Me dijo que era nieta de Gaspar, y que recordaba haber visto en casa de su madre, cuando era niña, la misma foto que yo le envié. A los pocos días llamé a Victoria, la cual me habló de su tío Tomás, al que ella sólo había visto un par de veces y no había tratado; este Tomás  tuvo dos hijas a las que Victoria nunca conoció ya que vivían en Sevilla. Aproveché para preguntarle por su tía Natalia, la mayor de los hermanos de mi abuelo, que yo había encontrado en el censo de 1887. Gracias a Victoria, salí del error en que yo había incurrido al interpretar la letra manuscrita de aquél; pues se trataba, en realidad, de Natalio, un varón. Victoria me contó también que Natalio había ido a Buenos Aires; y que, en Málaga, vivía un nieto suyo, sacerdote jubilado. Entonces, pensé, quizá Natalio era el lazo de unión familiar con Gustavo. Interesándome en el Obispado de Málaga por el sacerdote jubilado y apellidado LdG, averigüé su nombre, Natalio López de Gamarra Ruz. A los pocos días, el 4 de diciembre, recibí contestación de María del Pilar López de Gamarra Pascual, con información muy detallada de su rama familiar. Como biznieta de Natalio LdG Orozco, es sobrina de Natalio, el sacerdote. Por ella supe que los hermanos de su abuelo, llamado Rafael, fueron tres, José, Natalio y María. Así mismo, María del Pilar me confirmó que su bisabuelo Natalio había emigrado a la Argentina, coincidiendo ésto con la información facilitada por Victoria. Por lo tanto, hay certeza de que Natalio, el hermano mayor de mi abuelo, había ido a Buenos Aires; y daba la coincidencia de que uno de sus hijos se llamaba José, como el bisabuelo de Gustavo.

       Durante las Navidades, telefónicamente, felicité el nuevo año a Victoria. Entre otras cosas, me contó que Natalio había marchado a Buenos Aires solo, cuando ya estaba casado, y que con la ayuda de los hijos pudo regresar, momento en que conoció a su hija María, la menor de los hermanos, que entonces ya tenía unos veinte años de edad. Según Victoria, ninguno de los hijos de Natalio visitó la ciudad de Buenos Aires.

 

Ferrol, diciembre de 2001.


   
 
 

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